Registros 1: Mi casa es frontera

El barrio de La Victoria nació como un campamento militar desde el cual los Reyes Católicos orquestaron el asedio, la toma y la masacre de Málaga en 1487.

Actualmente forma parte del eje Victoria-Barcenillas-Lagunillas, una zona limítrofe con el Distrito Centro, por lo que se encuentra en la avanzadilla de los procesos de turistificación y gentrificación de Málaga, despertando el interés de fondos de inversión y del mercado inmobiliario.

También es el lugar en el que nací y me criaron. En la esquina de calle Ferrándiz con Subida a San Cristóbal perdí mi primer diente, y en la acera de enfrente me rompieron el corazón. Mi abuelo construyó en este barrio, por azar o designio, una suerte de monstruo arquitectónico que desde hace décadas se yergue altivo, expuesto y solitario sobre el resto del vecindario, arropado por nadie y por nada más que el viento y la calima.

Mis padres han vivido aquí durante más de cuarenta años; yo, desde hace treinta. Pero de las vecinas y los vecinos no sabemos sus nombres ni sus edades. En cambio, los conocemos, en la clandestinidad del hogar, por unos motes que nosotros mismos les hemos asignado; motes que nos separan de ellos y nos refugian, en una atalaya de ladrillo y cemento, pero también de silencio y frialdad, de su «degeneración».

Esta frontera se erige entre nosotros y puede medirse en metros, en toneladas, en trozos de papel enmarcados, en cifras de tres y cuatro dígitos, en decibelios, en el conteo inconsciente de ces y eses, incluso en el olor que escapa de los extractores de las cocinas.

Mientras tanto, a nuestro alrededor se edifican otras fronteras. Algunas nos las imponen desde fuera; otras supuran por nuestros poros como vectores de soberbia, aislamiento y desigualdad. Unos miran desde abajo y otros miramos desde arriba. En este barrio, sin embargo, y cada vez con más frecuencia, casi todos miran desde dentro y nadie dice nada.

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Nota metodológica:

Al emprender esta investigación, mi primer instinto fue comenzar por el exterior: Acudí a lugares de mi barrio donde se disputan territorios y emociones. Sin embargo, al sentarme a escribir el texto que acompañaría a dichos registros, tomé de repente consciencia de mi entorno más cercano, de aquello que se oculta detrás de – sino de la primera frontera, que sería mi cuerpo -, sí de una de las primeras: mi hogar.

Hasta entonces nunca había reparado en las implicaciones sociales y psicológicas derivadas de las características arquitectónicas de mi casa. Habiendo nacido y vivido aquí toda mi vida, había naturalizado inevitablebemente sus rasgos, pero durante esta primera observación no he podido sino asombrarme ante la posición simbólica y psicológica en la que dichos rasgos nos colocan a quienes la habitamos, y ante cómo estos afectan a la forma en que entablamos – o decidimos no entablar – relaciones sociales con quienes nos rodean.