
En mi barrio se convive con la percepción de una amenaza, real o imaginada, y se normalizan otras que por su aparente inevitabilidad, son ya prácticamente invisibles. Donde hay guerra, hay violencia. Donde hay violencia, se disputa una frontera. Pero, ¿qué hacer si la frontera atraviesa nuestro centro?
Hace unas semanas, a Lucas lo mataron por error a tiros unos sicarios en la plaza Virgen del Remedio. Parece sacado de una película de mafiosos, pero es la realidad de un barrio fronterizo, en una ciudad fronteriza, en un mundo que ha topado con su propio límite. La crudeza de ese día persigue a los vecinos y a las vecinas como una sombra, y nos recuerda que el enemigo casi nunca es el forastero, sino el fruto más genuino de la sociedad que hemos engendrado. Nuestro hijo más querido y el más repudiado. Querríamos trazar una línea infranqueable que nos separe de ellos. Pero, ¿cómo decidir dónde empieza y dónde acaba el terreno de lo ajeno, cuando somos siempre lo mismo? Cuando separarnos de lo que nos horroriza plagaría el tejido de nuestra realidad de fisuras microscópicas capaces de hacernos añicos.
En un capitalismo totalizante lleno de contradicciones, donde el verdugo es también la víctima, y la víctima es el verdugo, querer «la violencia fuera de nuestros barrios» equivale a desear extirparse un órgano enfermo con las manos desnudas. A Lucas lo velan y le llevan coronas de flores y estampas de imágenes divinas. De camino al improvisado altar se agolpan las casas tapiadas y, junto a ellas, las personas que las habitaron o que las podrían haber habitado en lugar de vivir en una inmundicia y una inseguridad que no son de ningún modo ajenas a la violencia que sorprendió a Lucas en el lugar equivocado y en el momento equivocado.


Aquest és un espai de treball personal d'un/a estudiant de la Universitat Oberta de Catalunya. Qualsevol contingut publicat en aquest espai és responsabilitat del seu autor/a.
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